La otra cara de la final (#spainfantasma)

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Ayer un equipo español hizo historia, ayer millones de españoles celebraron al unísono (o casi) un gol de Andrés Iniesta en el minuto 116 de un partido que parecía no acabar nunca, ayer, un escuadrón recorrió las calles vacías de España durante los momentos del partido para fotografiar el país fantasma de la mano de una iniciativa preciosa de Kurioso (#spainfantasma) que nos invitaba a mostrar la otra cara de la final del Mundial de Sudáfrica 2010.

Con ese objetivo y cámara en mano, exactamente a las 19.25 (hora insular canaria) recorría en una guagua la Avenida Marítima de la capital grancanaria, y me asustaba: faltaban tan sólo cinco minutos para que empezara el partido y las calles estaban llenas de coches, y el transporte público que me llevaba estaba a reventar.

En Santa Catalina, el panorama cambió. A la 19.30 horas, ni un minuto antes, la ciudad se sumió en el silencio sólo interrumpido por los gritos ante las oportunidades perdidas de la selección española, que llegaban hasta mí en forma de eco. Primero desde el centro comercial El Muelle, luego, desde los bares de la plaza, y después desde lo alto de varios edificios que rodean el Parque Blanco. Es curioso darse cuenta de que aunque el país creía estar viendo lo mismo, al mismo tiempo, las retransmisiones llegaban con retraso en edificios separados tan sólo por una calle.

Y en esas calles, los límites de velocidad parecían haber perdido su sentido, los semáforos su utilidad, pase, pase, está en verde o en rojo, ¿no ve que el mundo se ha parado durante las dos próximas horas? No lo veía.

Me emocionó dirigirme hacia la playa, encontrar a un señor -al que no fotografié por respeto- que aprovechaba el vacío de las calles para poder cruzar muy despacio y sentado en el suelo, el paso de peatones, porque sus piernas le impedían ponerse en pie. Y sin embargo, no acabaron ahí las sorpresas, descubrí que entre Santa Catalina y la Playa de las Canteras, el mundo vivía su propio tiempo, los niños jugaban en las calles, las madres se paraban a hablar con sus vecinas en las puertas y los comerciantes esperaban a que alguien pasar a consumir en sus locales. Era el mundo de unos niños que jugaban con un balón y soñaban, en voz alta, con un ¿te imaginas que Ghana hubiese llegado a la final? Una parte de España, de españoles, que nacieron aquí, pero que quizás no entendían por qué la posibilidad de llegar empatados al descanso estaba sacando de quicio a tantos otros españoles.

Ya en la playa, las patadas y el juego sucio de Holanda no eran capaces de atormentar la tranquilidad con la que alemanes, ingleses, suizos, noruegos, suecos, polacos, austríacos o estadounidenses -unos pocos, eso sí- disfrutaban de los últimos rayos de sol, de un atardercer en la playa, tras un día en el que los termómetros de la isla habían rondado los 40ºC, tras un día que no invitaba a fútbol sino a baño en el Atlántico y a paseo junto al mar.

El camino hacia el otro lado de la ciudad fue de lo más impresionante que he hecho, las guaguas estaban vacías, y las calles mucho más, en menos de cinco minutos el chófer y yo atravesamos Mesa y López, dejamos atrás la Playa de las Alcaravaneras, la Clínica de Santa Catalina, Presidencia del Gobierno y circulamos por una León y Castillo completamente vacía. Pasamos la mayor parte de los semáforos en verde, descansamos en la Plaza de la Feria y dos chicas que subieron, y un señor, intentaban en balde enterarse por un pequeño transitor de si se había acabado o no la primera parte.

Hasta San Telmo, vía libre, nunca pensé que esa calle pudiese alguna vez funcionar sin coches, sin personas, con los comercios cerrados y en un silencio sepulcral, pero allí en torno al parque, el espéctaculo no era menos escalofriante.

Un cosquilleo por la espalda y una sonrisa, al sentirme realmente el rey -la reina en este caso- del mundo al poder colocarme entre Venegas, Rafael Cabrera, Bravo Murillo y la salida a la Avenida Marítima, allí en medio, completamente sola, sin miedo de atropello, con seis semáforos, ahora en rojo, ahora en verde, y pensar: Ahora podríamos grabar la versión tropical de Abre los ojos.

Sentirme como Noriega en la Gran Vía, como si el mundo permaneciese a la espera en algún refugio nuclear y yo hubiese decidido correr el riesgo de quedarme allí, pasear por las calles vacías, sin niños, y darme cuenta, después de 27 años, que la ciudad está repleta de palmeras, en los parques, en las avenidas, en la playa, y darme cuenta, después de varios segundos, de lo mucho que me gustan.

Triana sobrevivía al evento con la presencia de algunas señoras que comentaban la jugada en los bancos y un señor mayor que paseaba solo y miraba sorprendido calle arriba y calle abajo, sintiéndose, probablemente como yo, parte de un momento único, que quizás no fuera el mismo que el de otros millones de españoles, pero no por ello, menos impresionante.

Luego llegaron las prisas, las carreras, la cerveza compartida con amigos al comienzo del segundo tiempo, en una lucha por poder decir que yo lo viví todo, el partido y la calle,  y sobre todo la tortilla española, porque no había mejor cena para un día como el de ayer.

Grité, reí, comentamos las jugadas -lo que teniendo en cuenta que no me gusta el fútbol, tiene su mérito- pero sobre todo llegué a sentirlo, con una amiga que se llama como yo, mi siamesa, y un italiano que luchaba contento por pasarnos el testigo del mundial.

Justo cuando terminaba la primera parte de la prórroga y con el miedo metido en el cuerpo por la llegada de los penaltis, volví a escaparme, nos escapamos juntas, mi amiga y yo, a fotografiar Vegueta, a fotografiar la magia de sus calles llenas de historia, que se peleaban por contar lo que llevaban escrito en sus baldosas, quizás con el pánico de que otros hicieran una nueva historia esa noche.

Por el camino nos encontramos a los camareros que habían dejado solos a una pareja de alemanes que cenaba acompañados por el silencio de una terraza para, en la puerta de la cafetería más cercana, poder seguir el partido más importante de la selección.

Y llegó la vuelta, más carreras, una última foto, un clic, un recoger el trípode y un grito compartido, los ecos de un gol que sonaban en el silencio de la ciudad, rompiendo el aire en todas las casas y balcones de Las Palmas de Gran Canaria, y un abrazo, y las gritos, y la carrera en los últimos metros, un abrir la puerta y llegar a la televisión justo para ver la repetición del gol más importante del fútbol en nuestro país.

Y volver a saltar, y yo sin saber muy bien por qué, pero si a mí no me gusta el fútbol, pero saltaba, saltaba como todos, y me emocioné como todos, primero con las lágrimas de Iker y luego con su beso, y me alegré de haber vivido las dos caras de la final del Mundial de Sudáfrica 2010, porque ese gol será un momento que no olvidaré nunca.

Nota: Y después del partido, la ciudad se llenó de gente, pero sobre todo, de perros, sí, sí, los grandes sufridores de más de dos horas de partido fueron ellos, que esperaban extrañados el paseo nocturno, que por un día, y con razón, se estaba retrasando más de lo normal.



5 Respuestas a “La otra cara de la final (#spainfantasma)”

  1. Héctor dice:

    Pues tienes razón, viviste las “Dos Españas”!

    Muy chula la experiencia Davi, aunque no la cambio por la mía jeje! Ya sabes que soy muy futbolero.

    Un besete!!

    PD: “las retransmisiones llegaban con retraso en edificios separados tan sólo por una calle.” Eso es porque hay gente que lo veía por Telecinco y otra gente por Canal + y la señal por TDT llega antes que por satélite.

  2. jose dice:

    Hermoso post. No todos los días se lee algo así.

  3. nuria dice:

    Sentir y leer son una misma cosa cuando hay gente que escribe tan bien como tú

    Iruna_nur

  4. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: . Ayer un equipo español hizo historia, ayer millones de españoles celebraron al unísono (o casi) un gol de Andrés Iniesta en el minuto 116 de un partido que parecía no acabar nunca, ayer, un escuadrón recorrió las calles vac…..

  5. Soy un desastre. Lo leí el lunes, no contesté en el momento… y hasta hoy, que me he acordado. Me ha encantado, en serio. Tengo amigos que me han contado cómo lo vieron en Dublín. He leído la crónica de un montañero que lo vio en plena expedición… y me hace ilusión saber cómo lo viviste tú entre las nieblas de una ciudad desierta. Y lo mejor es que, cuando a mí me estaba dando un infarto, en ese preciso instante, tú oías el ‘gool’. Y llegabas hasta le tele, y gritabas, y reías… Y millones de personas éramos felices a la vez.

    Un besazo, poeta.

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