Limpiando telarañas

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Hoy tocaba leer. Era uno de esos días en los que llegas a casa con todo decidido. Acabo de recoger en el buzón la última Orsai y aún tengo la anterior a medias, el National Geographic de este mes está sólo ojeado por encima y el mundo de 1Q84 de Murakami me llama a gritos para que lo termine desde mi mesa de noche. Tocaba leer, pero he decidido escribir, esas cosas que pasan, como tantas otras.

Y sin embargo, este blog no me ha dado precisamente la bienvenida, está poblado de telerañas, no por falta de tiempo para limpiarlas, para sacarle brillo, no por falta de temas sobre los que escribir, pero sí quizás por falta de ganas. Alguien me dijo una vez que quien escribe de verdad, escribe por necesidad, por mono -como dirían algunos de mis amigos-, escribe porque se le queda una frase atravesada en la garganta y no puede parar hasta que la deja garabateada en algún cuaderno, en algún ordenador, en una tableta o similar. Hoy me he escapado.

He dejado atrás las notas, los tweets, el feisbuk, las caras, la playa, la bicicleta, el trabajo, la vida, para regresar aquí a limpiar telarañas, a recordar y darme cuenta que tengo al menos cuatro artículos pendientes de publicar, que tendré que pedir perdón a las fuentes que me facilitaron la información, por la tardanza, y retomar la escritura aquí -por suerte nunca la abandoné del todo- como método infalible de espantar a las arañas constructoras.

Hoy se supone que yo iba a leer, así que me voy a hacerlo.



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